Nuestros pueblos costeros.Canarias

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Cho Vito, década de los 60

domingo, 19 de septiembre de 2010

La costa y sus leyes

Quiero escribir estas líneas sin tratar de sentar precedente alguno y con la sanísima intención de no apoyarme para nada en esas leyes que menciono en el título del escrito.
Aquellos que me conocen saben que durante más de treinta y cinco años he vivido en Las Caletillas, y lo he hecho en una casa que se construyó casi exclusivamente con la ayuda de mi madre, que al igual que yo no tenía formación técnica alguna en la construcción. Y nos quedó muy aparente.
El arquitecto que firmó la obra y percibió sus correspondientes honorarios no pisó jamás la zona. Según supe después, el hombre mareaba también en coche, y en aquellos momentos la autopista estaba en construcción. Sus escasas visitas al municipio obedecían a la gran devoción de su esposa por la Virgen de Candelaria, y tal vez él aprovechaba para pedirle que desapareciesen sus trastornos.
Pasado algún tiempo, durante unas cortas vacaciones en Lanzarote, esperando la hora de la cena, mi esposa, que lo conocía de vista, me indicó que era el firmante del proyecto, pero tuve el cuidado de no presentarme, no fuese a preguntarme eso tan habitual de ¿y usted quién c... es?
La casa se edificó sobre una parcela de aproximadamente seiscientos treinta metros cuadrados, ajustándonos a lo estipulado para la demarcación en superficie, altura y, por supuesto, también en relación con la zona de servidumbre marítimo-terrestre. En su momento se solicitó permiso para la instalación de una toma de agua del mar para llenar una pequeña piscina de poco más de ochenta metros cúbicos que instalamos delante de la casa, siempre sin problemas.
Esto me ha obligado a seguir a lo largo de los años los avatares de las diferentes normativas, ya que lo hacía fundamentalmente por mi propio interés.
Resulta muy curioso que hace menos de cinco años se ha construido un chalet muy cerca de mi vivienda, y aunque no dudo de la existencia de los correspondientes permisos, de lo que no me cabe la menor duda es de que la altura se pasa un rato de lo reglamentario. En conversación con técnicos del municipio me dijeron que no se me ocurriera pensar mal, pero la coincidencia de algún que otro apellido con el de un ex presidente podría situar la mosca tras alguna que otra oreja.
Tal como se está poniendo este asunto, al cabo de unos años podremos dar la vuelta a la isla caminando por los paseos que se han de construir, y así acceder a los aún insuficientes campos de golf. Invertir ese dinero en sanidad y hospitales no es preciso, aquí sabemos vivir y morir con señorío.
Hace años se decía que una ardilla podía cruzar de punta a punta la Península Ibérica, saltando de un árbol a otro siempre en terrenos propiedad de la Casa de Alba. Del mismo modo, nosotros podremos imitar a las ardillas y pasear como está mandado, trotando todas nuestras costas. Faltaría más.
Suiza, que no tiene mar, pero sí tiene un montoncillo de lagos, y alguna que otra corriente fluvial, como el modesto Rhin, por ejemplo, permitía que aquellas personas que tenían sus viviendas a orillas de los lagos pudiesen construir en esos márgenes y en los bajos de las casas los garajes para colgar fuera del agua las motoras en las épocas de poco uso. En los ríos siempre estuvo prohibido, pero no para construir paseos, sino más bien huyendo de las riadas de la crecida de las aguas generalmente en primavera con el deshielo.
Cuando se accede a Estocolmo en barco, las cientos de islas que pueblan esa entrada, la mayoría particulares, tienen sus construcciones, auténticos palacios algunos, y sus pequeños muelles.
En la frontera EEUU-Canadá, formada por el río San Lorenzo, en la zona noroeste del lago Ontario, a lo largo de unos 80 kilómetros, hay más de 1.850 islas que tienen entre cien kilómetros cuadrados y poco más de uno. Muchas de ellas tienen una o varias edificaciones y su puerto correspondiente.
También es verdad que Suiza, Alemania, Austria, Suecia, EEUU y Canadá son países poco respetuosos con el medio ambiente, desconocedores de la dieta mediterránea, que siguen guisando con mantequilla, ignorando lo que es el colesterol y no teniendo que construir paseos por todos lados.
Mejor nos iría si respetásemos lo ya construido, salvo lo que sea delictivo, vigilando que en el futuro nadie se salga de lo autorizado. Una especie de ley de punto final, con auxilio del Seprona.
A la señora Tavío, que ha escrito en este periódico en defensa de Cho Vito, agradecerle que, si como dicen, su partido gobernará en un próximo futuro, haga en ese momento todo lo posible por eliminar estas leyes tan poco inteligentes.
Siempre huyendo de comportamientos como el del ex presidente Aznar, que se suma a las manifestaciones contra las leyes del aborto y no fue capaz de tocarlas en los ocho años que gobernó. Y es que los votos son los votos. Más coherencia y más decoro, señores.
José Luis Martín Meyerhans

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